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Doscientos años desde el Tratado de San Lorenzo

Por RICHARD N. GARDNER (Embajador U.S.A. en Madrid)


Tal día como hoy, un 27 de octubre de hace doscientos años, en el Real Sitio de San Lorenzo de El escorial, uno de mis más ilustres predecesores, Mr. Thomas Pinckney, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de los Estados Unidos de América ante la Corte Española y el duque de Alcudia, don Manuel de Godoy y Álvarez de Faria, primer secretario del despacho universal de Carlos IV, firmaban un tratado de amistad, límites y navegación. Por dicho tratado, en esencia, los Estados Unidos alcanzaban el cauce del río Mississippi como frontera occidental, podían navegarlo libremente hasta el Golfo de México y fijaban definitivamente su límite meridional con las Floridas en el Paralelo 31º.

 

Aquel acuerdo que la Historia recordaría como «Tratado de San Lorenzo» en España y «Tratado de Pinckney» en los Estados Unidos, acababa por vía diplomática con un largo contencioso iniciado con la independencia de los Estados Unidos y cuya radicalización se había evitado gracias a la habilidad y el exquisito tacto de los diplomáticos y agentes políticos de la época. El tratado representó, en definitiva, el triunfo de una pequeña potencia recién nacida a la libertad –«Hércules en la Cuna», en frase profética del conde de Aranda– sobre una de las más formidables potencias imperiales del mundo, por medio del uso inteligente de armas tales como la paciencia y la persuasión –términos acuñados en su día por Thomas Jefferson–.

 

Los Estados Unidos debieron en gran parte el éxito de su independencia a la ayuda recibida de Francia y España, que necesitaban resarcirse de las afrentas que Inglaterra les había infligido durante la Guerra de los Siete años. Pese a ello, mis conciudadanos han mantenido a lo largo de los dos últimos siglos una actitud agradecida hacia Francia, estimulada probablemente por el romanticismo implícito en la Revolución Francesa, y han ido olvidando progresivamente la misma deuda de gratitud para con España. A ello habría de contribuir la vecindad de los territorios españoles con los límites de las «Trece Colonias». La natural ambición, la explosión demográfica y el desarrollo económico, provocaron una expansión imparable desde los límites originales hacia el «Middle West» pasando sobre tierras y aguas cuyo dominio no podía contener esta expansión.

 

La Corona española, señora de los inmensos territorios de la Luisiana, dueña de las Floridas, detentadora en exclusiva de la navegación por el Mississippi y activadora de las Naciones Indias intermedias que garantizaban la intangibilidad de sus dominios septentrionales, fue a los ojos de mis compatriotas la potencia competidora que había sucedido a Inglaterra para obstaculizar su crecimiento natural.

 

Pero la dialéctica entre la «acción» de los Estados Unidos y la «reacción» de la Corona española, se desarrolló hábilmente, en un pulso constante entre los diplomáticos de Filadelfia y Nueva York, y los oficiales del Rey Católico en Nueva Orleáns, Natchez y San Agustín. Se produjeron evidentes altibajos entre 1784 y 1795 pero la polémica se mantuvo modélicamente en el terreno de las palabras y las negociaciones, aunque hubo momentos de evidentes turbulencias protagonizadas por los sectores más radicales e impacientes que no dudaban en organizar expediciones particulares para invadir la Luisiana y apoderarse del Mississippi, atizando a la vez los agentes españoles, una inteligente política hacia los indígenas, principalmente los Talapuches, sembrando la inquietud en la frontera sureste.

 

Nada conseguiría que estos admirables hombres –Gardoqui, Miró, Gayoso de Lemos, Jáudenes y Viar, por parte española; o el propio presidente Washington, con Jefferson, Hamilton, Randoph, el senador Butler, Short y Carmichael, por parte norteamericana– perdiesen la paciencia y los buenos modos. La diplomacia de su tiempo, modélica para los nuestros, protagonizó un debate constante, duro en ocasiones y sutil en otras. Lo que se debatía era la necesidad insoslayable de los Estados continentales de sacar sus excedentes agrícolas hacia el Gran Río, enfrentada a la resistencia española que deseaba mantener incólume su monopolio comercial acuñado durante siglos. Como en un enfrentamiento deportivo, se iban quemando los tiempos previstos, y mientras, los «frontiermen» penetraban hacia el Oeste y las Naciones Indias cedían territorios a dichos Estados del interior.

 

Las circunstancias internacionales contribuyeron poderosamente a que España cediese finalmente ante las demandas de los Estados Unidos. Los graves incidentes provocados por las autoridades inglesas del Canadá sobre territorios norteamericanos y la actitud hostil de la Armada británica hacia los barcos norteamericanos, hicieron creer al duque de la Alcudia que era el momento más oportuno para estrechar la amistad con los Estados Unidos tratándoles favorablemente. Ello, pensó, sería una ayuda inapreciable frente a un enemigo común: la Gran Bretaña.

 

Pero el tratado anglo-americano suscrito por John [Jay] y Lord Grenville en Londres el 19 de noviembre de 1794, sorprendería tanto al duque de la Alcudia como a mis compatriotas norteamericanos, exacerbados ante las provocaciones británicas. La reconciliación de las dos potencias atlánticas, alteró por completo los presupuestos de la Corte de Madrid. Sin embargo, el carácter irreversible de los acontecimientos y la aceleración del tiempo histórico impidieron que la Corona española buscara otras alternativas. Y así, finalmente, con las negociaciones ultimadas en San Lorenzo el Real, Estados Unidos alcanzó su objetivo; llegar al Mississippi, navegar por sus aguas y poder contar con un depósito de mercancías en Nueva Orleáns. Por segunda vez en menos de veinte años, España prestaba otro gran servicio a mi país.

 

En junio de 1795, a propósito del «Tratado de Jay», el presidente Washington escribió lo siguiente al embajador de los Estados Unidos en París:

«La paz ha estado siempre en mi orden del día desde que comenzaron los desórdenes en Europa. Mi política ha consistido siempre y continuará consistiendo, mientras tenga el honor de continuar en la Administración, en permanecer en términos de amistad, aunque de independencia, con todas las naciones de la tierra; en no entrometerme en las cosas de ninguna; en cumplir nuestros propios compromisos; proporcionarles lo que necesitan y servir de conductor para todos; pues estoy firmemente convencido de que tal es la política que sirve mejor a nuestros intereses».

 

La Corona española, que deseaba sellar con los Estados Unidos una estrecha alianza que los convirtiera en garantes del futuro de sus posesiones en América, vería estorbados sus proyectos ante la política moderada del presidente Washington.

 

Unas décadas después, Henry Adams escribiría:

«El Tratado de 1795, uno de los más ventajosos que jamás hayan firmado los Estados Unidos, no recibió de la opinión norteamericana el alto crédito que merecía. A España no se le otorgó el menor reconocimiento por las concesiones que otorgaba».

 

Hoy, transcurridos doscientos años y una historia compleja en las relaciones hispano-norteamericanas, únicamente oscurecidas por los dolorosos sucesos –comunes a todas las guerras– de 1898, España y los Estados Unidos de América se proyectan en estrecha amistad hacia un futuro de objetivos comunes. Así, durante los próximos 11 y 12 de noviembre se producirá en Sevilla una reunión de la Unión Europea y los Estados Unidos bajo el lema «Diálogo Empresarial Transatlántico». Acudirán a ella destacados líderes políticos y económicos europeos y norteamericanos para tratar de encontrar fórmulas que nos permitan trabajar mejor juntos e integrar al máximo las economías europeas y la norteamericana. Tras este encuentro, tendrá lugar también en Sevilla la conferencia bilateral titulada «España y los Estados Unidos: Perspectivas Económicas, Políticas y Sociales». Nuestro objetivo al convocar esta reunión es el de crear el tipo de diálogo que los autores del Tratado de San Lorenzo protagonizaron, consiguiendo superar las discusiones meramente comerciales para profundizar en los asuntos políticos y sociales que preocupan a nuestros dos países.

 

Diario ABC, viernes 27-oct-1995, página 36, Tribuna Abierta.

 

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